PLANETA SÁHARA


Por Irene Ruiz Navarro

Con una enorme maleta negra y una placa solar en la mano, grande, incómoda y muy pesada, me dirijo al aeropuerto con la emoción del que va a hacer un viaje inolvidable; un viaje inusual, distinto y absolutamente desconocido. Mi destino: los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf en Argelia. Sola, joven y con ilusión, empiezo a hablar con las decenas de personas, que como yo, cargaban sus bultos para visitar a sus niños y niñas de acogida. No podría yo en ese momento imaginar, lo que los días venideros mi corazón iba a experimentar. Abrazarme a esa tierra estéril e implacable, y atarme de por vida al sentimiento del pueblo saharaui. Un pueblo que lucha, que espera con una paciencia que nunca he conocido, que es generoso hasta lo indecible, y que lo demuestra permitiendo que lo más grande que tienen los pueblos, sus niños, viajen a nuestro país a pasar el verano.
Cuando Huda vino a mi casa por primera vez, tenía 8 años; Hoy por hoy se ha convertido e una hermosa mujer, de ojos brillantes e impenetrables, y con un espíritu lleno de virtudes.
El aeropuerto de Tindouf es lo más peculiar que nunca haya visto; encontrar la maleta en aquella montaña infinita de bolsas, mochilas y placas solares es lo más parecido que he visto nunca a aquello de buscar una aguja en un pajar. Cuando por fin puedo tirar de mi pesado bolso negro, debo dirigirme al control de aduana; El personal de aduana, examina mi rostro y lo compara con el de la foto. Me vuelve a mirar, y vuelve a dirigir sus ojos al documento, y así varias veces, mientras yo empiezo a dudar de si realmente soy yo o si soy una impostora. Llega el esperado sello y continúa el proceso, ahora toca el control del equipaje. Abren mi bolso y lo examinan, me preguntan por algunos medicamentos y yo intento responder en su idioma; esto debió de resultarles simpático porque empezaron a preguntar cosas y cosas y cuando yo me di cuenta de que me preguntaban más por escucharme hablar en francés que porque realmente les importara lo que yo llevara en la maleta, respiré aliviada. En ningún momento mis nervios se debieron al miedo o a la situación, esto que vaya por delante; mis nervios se debían a mi inexperiencia, a lo grandioso de estar en un país tan desconocido para mí, a la curiosidad que sentía ante lo que iba a encontrar y vivir en los días siguientes y desde luego en el hecho en sí de ser examinada en un aeropuerto militar. Esto es un "detalle" siempre intimidatorio. Pero debo decir que el trato fue cortés, educado y como acabo de explicar hasta divertido, y por eso antes de cerrar mi bolso decidí regalarles unas golosinas.
Ahora tocaba salir fuera de esa sala, al aire libre. Lo primero que hice fue mirar al cielo, la noche; luego intentar asimilar la caótica situación. Hombres saharauis, envueltos en turbantes y darâa gritaban, movían bultos y maletas, ubicaban a los visitantes en camiones, discutían (o eso parecía) y yo miraba atónita todo lo que me rodeaba. Definitivamente, había viajado a otra dimensión…
Cada persona que se bajó del avión fue siendo ubicada en camiones para ser trasladada a su destino. Yo iba a Dajla, el campamento más alejado de Tindouf y siendo tan tarde como era, y con la proximidad de una tormenta de arena, alguien decidió que los que espérabamos ansiosos por llegar a Dajla, pasáramos aquella noche en Rabuni, la capital administrativa de los campamentos. Allí nos dieron cena, café y te, y nos dirigimos a un enorme barracón para pasar la noche. No pude dormir; la inquietud por estar allí, la soledad de aquella enorme “habitación” y el viento que implacable azotaba la enorme jaima que nos cobijaba, hicieron que me quedara despierta toda la noche, esperando el alba con ansiedad. Y después del desayuno subimos a un camión, mezclados con garrafas de gasolina, maletas, ruedas de repuesto y diversos objetos más, y nos adentramos en la inmensidad del desierto durante seis horas en las que sólo pude ver arena.
Al llegar a mi destino, con tantísimas horas de retraso, el cuerpo agotado y adolorido, la sensación de tener todo el cuerpo lleno de arena y polvo no encontré a Huda, pero sí una chica, envuelta en una malhfa que me hablaba en hassanía y gesticulaba con las manos. Después supe que era Fatu, amiga de la familia que me iba a recibir, y con la que compartí toda mi estancia. No me dejaban bajar del camión, hasta que yo no identificara a alguien conocido, y no veía a “mi niña”… Al fin llegó… Un nudo de emoción me hizo saltar del camión sin pensar siquiera en que podía ser peligroso un salto tan grande. Me fundí en un abrazo con ella, tan pequeña, tan delgada, tan dulce….
Y fuimos a su casa, una jaima en la que esperaba toda la familia. Me quité las botas y todo fue emoción, lágrimas y calor… mucho calor.
Sidahmed, el padre encendió rápido las brasas para ofrecerme pinchitos de carne de camello. Meimuna me preparó agua para lavarme y empezó a hacer el te. Huda y su hermana Lamina se pegaron a mi, Ahmed y Saad me miraban como si fuera un bicho raro, y Nazih, el benjamín, con un añito lloraba cada vez que me acercaba a jugar con él.
Fueron cuatro días intensos, tomábamos el té, íbamos a por agua cada día. Un camión llegaba al campamento y cada una cargaba con dos garrafas. De vuelta a casa mis pies se hundían en la arena, y me maravillaba viendo con qué gracia y soltura las mujeres saharauis, cargaban agua, cargaban a sus hijos con esa elegancia que sólo ellas tienen. Algunas iban con tacones… cómo se puede andar con tacones por el desierto? Sólo ellas lo pueden hacer. Porque las mujeres saharauis son únicas, son luchadoras, divertidas, cariñosas, valientes, coquetas y bellísimas.
Fuimos a visitar a Galitu y Siyda que habían pasado veranos en el pueblo, y ésta última nos deleitó con un concierto de percusión sobre un cubo de plástico. Nos hizo reír mucho y se volvió a casa con nosotros, se quedó a dormir dos días. Allí no hace falta conocer a nadie para dormir en casa de otro. La ley no escrita de los bereberes, la hospitalidad es lo que prima en los campamentos. Todo el mundo es bienvenido en cualquier hogar. A nadie se le niega un poco de leche, agua o te, mucho menos comida y un techo para dormir. Deberíamos aprender de eso también…
Hacía muchísima calor ese mes de abril. Para mi era un suplicio el más mínimo movimiento de mi cuerpo. Pasábamos gran parte del día tumbados, en reposo durante las horas de sol implacable, sin hacer nada sino tomar el te. Las noches eran frescas y divertidas. El cielo se cubre de millones de estrellas, e invita al diálogo, a compartir historias en hermandad, invita a soñar.. Invita a reflexionar, a preguntarnos quienes somos, qué significamos en este universo infinito. Me invita a mi, particularmente a plantearme, ¿qué puedo hacer para ayudar al pueblo saharaui? ¿Por qué están allí, abandonados después de cuarenta años?
Del pueblo saharaui hay mucho que aprender. Todos deberíamos hacer un viaje al menos en nuestra vida a esos campamentos y recapacitar sobre nuestra vida consumista y materialista. Cada persona que tuvo conocimiento de que en casa de Sidahmed había una española, pasó por allí, para saludar a la familia y saludarme a mi. Mi cuello se llenó de collares, mis manos de pulseras, mis dedos de anillos… Todos llevan un presente para agradecer, que en mi casa se acogía a una niña, a una hija de la arena y la guerra. Mis padres empezaron esta labor en mi casa; Y a ellos les agradeceré siempre que nos hayan inculcado el valor tan grande de ser generoso y solidario.
Dos veces más visité la casa de Sidahmed y Meimuna, y años más tarde, fui yo quien acogí a aquel bebé que lloraba y jugaba con mis botas. Nazih vino a mi casa cuatro años y me regaló momentos maravillosos que jamás olvidaré. Y también vinieron Zahra y Ahyabuha.
Este escrito es una levísima reseña de lo que es el pueblo saharaui. Quisiera invitar a todos ustedes a que se adentren en esa cultura fascinante y luchadora de la que tanto podemos aprender, pero sobre todo, su generosidad, un valor que en esta sociedad escasea cada día más.